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México en la Ruta del Hierro fundido: leones, diosas y kioscos. Fines del siglo XIX

Un artículo del Universal de fecha 6 de agosto de 1892 criticaba "la manía de levantar estatuas", la cual "estaba tomando en México proporciones de epidemia", aunque reconocía unas líneas después que "la idea de llenar de estatuas los jardines y paseos públicos no es solamente inmortalizar a los grandes hombres, sino hacer adelantar el arte y educar el gusto del público, inculcándole el amor por lo bello".

El autor del artículo tuvo sin duda ocasiones de molestarse más en los años siguientes. Las obras de embellecimiento previos a las fiestas de conmemoración de los cien años de la independencia agregarían en las calles de las ciudades mexicanas más monumentos y mobiliario urbano, muchos de los cuales contaban con una característica en común: estaban hechos de material que simbolizaba entonces la modernidad misma, el hierro.

El siglo XIX fue el siglo del hierro. Después de ocupar un papel decisivo en la revolución industrial de la Europa del siglo XIX, el hierro invadió y transformó la vida cotidiana de sus habitantes, llegando también al ámbito del arte a través de la arquitectura y de la siderurgia artística.

Los primeros arquitectos en utilizar estructuras de hierro en los edificios las escondieron detrás de un revestimiento de piedra, pero pronto concibieron edificios totalmente metálicos, estaciones de ferrocarril, mercados, puentes, pasajes comerciales, en los cuales el hierro -acero o hierro fundido- se combinaba con el plomo y el zinc.

El hierro fue el gran triunfador de las exposiciones universales del siglo XIX: el Crystal Palace de la primera Exposición Universal que se organizó en Londres en 1851 -un invernadero gigante de acero, hierro fundido y vidrio- y la Torre Eiffel en la Exposición de Paris en 1889 se tornaron leyenda desde el momento de su construcción.

Un nuevo procedimiento de fundición permitió la obtención de piezas decorativas de gran calidad, las cuales se podían reproducir en serie, rápidamente y a bajo costo dando nacimiento a una nueva rama de la industria, la siderurgia artística.

Columnas, capiteles, balcones, rejas, barandales, marquesinas, faroles, escaleras de caracol y hasta picaportes y tuberías de hierro fundido no tardaron en reemplazar los de hierro forjado o de bronce. El hierro fundido también fue el metal escogido para fabricar el nuevo mobiliario urbano -bancos, postes, fuentes, kioscos o entradas del metro- que llenó las calles y los parques de las ciudades europeas.

En cuanto a las piezas decorativas, estatuas, fuentes, monumentos, macetones, las fundidoras encargaron a los artistas plásticos mejor cotizados de la época la elaboración de modelos destinados a ser reproducidos en serie. De este encuentro hasta entonces inédito entre industriales y artistas, nacieron innumerables piezas inspiradas en la antigüedad -dioses, diosas, musas, esfinges, alegorías- o en la naturaleza animales, plantas.

La siderurgia artística representó una de las primeras experiencias de democratización del arte y resultó ser un éxito a pesar de las críticas que denegaban a su producción el estatus de obras de arte no faltarían quienes pedirían "esconder" el hierro bajo una pátina metálica, bronce o cobre, o una sencilla capa de pintura. Y también de "globalización antes de la globalización": las piezas de hierro fundido se difundieron en todo el mundo, especialmente en América Latina. Medio siglo después de la Independencia, los países de America Latina adoptaron, en su arquitectura y sus ambiciosos programas de reordenamiento urbano, muchas de las propuestas estéticas europeas, las cuales conocían a través de intercambios culturales, de su participación a las Exposiciones Universales, y también de los catálogos editados por las siderurgias artísticas.

Se ha identificado "una ruta del hierro" que salía de las fundiciones del noreste de Francia, pasaba por Lisboa, y seguía del otro lado del Atlántico por México, Guatemala, Caracas, Valencia, Recife, Manaus, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima.

Hoy en día, se conservan los patrimonios de hierro fundido de Brasil -cada rincón, cada jardín de la ciudad de Río de Janeiro conserva una pieza de la siderurgia artística francesa Le Val d'Osne (más de 200 han sido inventariadas) y muchas ciudades brasileñas tienen una fuente o un kiosco de la misma empresa- y de Argentina: en Buenos Aires, son más de 370 las estatuas y piezas de mobiliario urbano provenientes de varías siderurgias francesas.

En México, el gobierno de Porfirio Díaz adoptó una política más bien conservadora en cuanto a la moda de las estatuas de hierro fundido: los personajes de la mitología greco-romana no encajaban con la imagen del México que deseaba proyectar, la de una nación moderna que reivindicaba sus raíces prehispánicas.

Sin embargo, llegaron numerosas piezas ornamentales de hierro fundido a México: pedidos de particulares, de gobernadores, de arquitectos para decorar las casas o las haciendas que estaban remodelando, regalos de comunidades extranjeras a sus ciudades adoptivas. Y en México como en los demás países de América Latina, la siderurgia Le Val d'Osne fue una de las principales proveedoras de estas piezas decorativas.

Creada en 1836, Le Val d'Osne vació obras originales para la ciudad de Paris -las fuentes de los Mares y de los Ríos en la Plaza de la Concorde, los caballos alados del puente Alejandro III- y un sinfín de piezas de mobiliario urbano, como las fuentes Wallace, regalo de un mecenas americano a la capital francesa, las entradas Art Nouveau del metro... También tenía un catálogo muy extenso de modelos más de 40.000 artículos después de 1878 después de su fusión con su competidora Ducel.

Subsisten hoy piezas de Le Val d'Osne diseminadas por todo el territorio de la República: en las haciendas de Yucatán, del Bajío o de las tierras pulqueras de los Estados de Hidalgo y Tlaxcala, en las calles, jardines o alamedas de Celaya, Tepic, Mérida o Chihuahua.

Los conjuntos más significativos de estatuas se encuentran en el DF y sus alrededores: en la ex-hacienda de Chapingo, en la Alameda Central de la Ciudad de México, y en las 3 haciendas que pertenecieron al coleccionista Haghenbeck y de la Lama: la Casa de la Bola, la Hacienda Santa Mónica y la hacienda de Polaxtla, cerca de San Martín Texmelucan.

La remodelación de la Hacienda de Chapingo, hoy Universidad Autónoma, fue encargada por su dueño, el Presidente Manuel González, al Arquitecto Antonio Rivas Mercado. Éste modificó la fachada de la hacienda añadiéndole dos torreones con columnas metálicas. También adornó su frente con esculturas de hierro fundido de Le Val d'Osne: un Perseo (firmado por su autor, Charles Veeck) y un Ares Borghese de cada lado de la entrada, dos leones y dos leonas, y un conjunto de macetones.

Los leones -león con caimán y león con serpiente- son obras del escultor Delabrière y las leonas -leona con nopal y leona con liebre- son obras de Heizler. Se trata de copias recientes: los originales fueron requisados y llevados por las tropas de Zapata para ser fundidos y finalmente abandonados en Amecameca, donde hasta el día de hoy vigilan las cuatro esquinas de la Plaza principal. Otra copia de las leonas se encuentran en la colonia Roma en la Ciudad de México -en el cruce de las calles Orizaba con Yucatán.
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Los altos árboles del jardín de la hacienda protegen otras obras de Le Val d'Osne -las "Ninfas en la fuente" del escultor Carrier-Belleuse, en Chapingo la conocen como la Fuente de las Circasianas-, varias réplicas de originales griegos y macetones de la fundidora L. Mott Iron, de Nueva York.

Otro conjunto de piezas de Le Val d'Osne adorna la Alameda Central de la ciudad de México. El Neptuno, creado por el escultor Gabriel-Vital Dubray en 1856, fue presentado por la primera vez al público durante la Exposición Internacional de Londres en 1862. Fue ofrecido a la ciudad de México por un grupo de hombres de negocios franceses para adornar un restaurante en la Alameda, que nunca se construyó. La gran fuente del centro de la Alameda fue un regalo del empresario Manuel Escandon. Al caminar por los pasillos del jardín, se descubren otro ejemplar de las "Ninfas en la fuente" de Carrier-Belleuse, sin el techo que las protege en los jardines de Chapingo, un elegante Mercurio alado, un Nacimiento de Venus con una Venus muy ligera de ropa, obra de Mathurin Moreau, que fue muy criticada cuando llegó a México. Y una obra de Louis Sauvageau, "El manantial", representando a la Ninfa Tetis. Otra copia de "El manantial" se encuentra en la Alameda de Celaya, donde se la conoce como "La mujer del cántaro".

En cuanto a las estatuas de hierro fundido que adornan los jardines de la Casa de la Bola, de la hacienda Polaxtla y de la hacienda Santa Mónica, las compró el coleccionista Antonio Haghenbeck y de la Lama junto con muchas obras de arte después del desmantelamiento de las haciendas como consecuencia de la Revolución, pero no se conoce su proveniencia. Algunas de las piezas de hierro fundido de Polaxtla llevan la firma de Ducel, Paris, es decir que son anteriores a 1878.

Sin embargo el patrimonio de hierro fundido más importante en el territorio mexicano, él que simboliza a México fuera de sus fronteras y que llama cada vez más la atención de investigadores del arte y historiadores lo conforma los conjuntos de kioscos y bancos que adornan la mayoría de los pueblos. El Porfiriato adoptó la costumbre europea del concierto dominical en los kioscos, la cual se difundió luego en toda la República. Se importaron muchos kioscos, de Francia y de Gran Bretaña, hasta la conformación de una industria nacional de hierro fundido que pudiera abastecer la demanda interna. Se sigue edificando kioscos en la actualidad, de hierro fundido o de materiales menos tradicionales, el kiosco siendo todavía para los pueblos la prueba redonda y techada de su acceso a "la modernidad".

La ciudad de Chihuahua posee un kiosco, hermano gemelo del de Manaus, que cuenta entre las creaciones más notables de Le Val d'Osne. Otro hermoso kiosco de la misma siderurgia fue edificado en la plaza principal de la ciudad de Guadalajara para conmemorar la inauguración de una vía de ferrocarril en 1908. Una copia reciente -1981- del mismo ha sido instalada en el centro de la ciudad de Santiago Ixcuintla, Nayarit.

Fue en los talleres de la Fundición de Sinaloa -Mazatlán- que fueron fundidos a partir de 1885 los kioscos moriscos que adornan los zócalos del noroeste de México: Álamos (patrimonio cultural de la Humanidad, su kiosco fue inaugurado en 1902), El Fuerte, Quilà, Cosalá... Hoy en día, la Fundidora de Apulco en el Estado de Hidalgo, una empresa fundada por el empresario francés Baldin y comprada por el inglés Richard Honey a mitad del siglo XX -hoy cooperativa-, sigue produciendo kioscos y bancos de hierro fundido según el procedimiento tradicional.

El pueblo hidalguense de Mineral del Chico conserva una obra única: una fuente de hierro fundido con una pila octogonal del mismo metal. Fue regalada al pueblo por el Ing. Miguel Mancera y lleva la fecha de 1886.

La era del hierro fundido artístico culminó al principio del siglo XX y acabó con el cambio de gusto artístico y el regreso de la afición por las piezas únicas. Le Val d'Osne cerró sus puertas en 1986, poco antes de la apertura del primer museo dedicado al siglo XIX, el Museo d'Orsay en Paris. Desde entonces, el arte del siglo XIX tiene más reconocimiento y está más presente en las grandes casas de subasta internacionales, cuyos catálogos proponen a la venta esculturas y macetones de hierro fundido, alcanzando precios cada vez más elevados.

Sin embargo, queda pendiente al nivel nacional la cuestión de la protección de este patrimonio, a veces en peligro -pensamos en los leones de Amecameca-. Y también, su reconocimiento por parte del público: estatuas y fuentes forman parte del paisaje urbano desde tanto tiempo que se han vuelto invisibles. Nadie se detiene para sonreír ante una guirnalda de flores muy cursi, un perfil griego demasiado académico o una toga romana perfectamente bien planchada. Sin embargo, pertenecen al patrimonio artístico de México y tienen historias interesantes que contar a quien los quiere escuchar: la de un país donde llegaron hace más de un siglo y la de una época optimista que podía escribir con absoluta convicción: "la ley del progreso es inmortal, como el progreso mismo es infinito"(1).

Datos útiles:
- Otros Neptunos adornan plazas y jardines de ciudades europeas (Colonia, Lugano, Ghisoni en Córcega, Clermont-Ferrand, etc.) y suramericanas: Río de Janeiro (Palacio Guanabara), Santiago, Montevideo, Valparaíso.

- La entrada oeste de la estación de metro Bellas Artes es una replica moderna (1994) de una entrada del metro de Paris de estilo Art Nouveau, obra de Guimard.

- Sitio de la red internacional de las fundidoras artísticas (RIFA) : www.fontesdart.org.

(1) Boletín de la Exposición Universal de Paris - 1889.

Bibliografía
- El arte del hierro fundido. Revista Artes de México. Número 72. 2004.
- Artilugio de una nación moderna. México en las exposiciones universales, 1880-1930. Mauricio Tenorio Trillo. FCE. 1998
- Fontes d'art. Chafarizes e estatuas francesas no Rio de Janeiro. Elisabeth Robert-Dehault, Eulalia Junqueira y Antonio Bulhões. 2000.
- Elementos del patrimonio monumental francés en México. Françoise Dasques. Revista Invencio. Año 2. Número 3. Marzo 2006.
- Los catalogos de piezas constructivas y ornamentales en arquitectura. Artefactos modernos del siglo XIX y patrimonio del siglo XXI. Mónica Silva Contreras. Anales del IIE-UNAM nº 97. 2010


Texto Anne Bonnefoy
Fotografía Anne Bonnefoy

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Última actualización de información: Julio 2011

Xico Xantolo
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